16 Algunas consideraciones sobre el origen del nombre de Oregón

John B. Horner en su obra Oregon: Her History, Her Great Men, Her Literature,[1] publicada en 1919, recoge que Jonathan Carver le dio este nombre al Río del Oeste en 1778, dos años antes de la Declaración de Independencia, ya que él decía que había oído que el río era llamado así en 1766 por los indígenas que vivían cerca de la ladera este de las Montañas Rocosas, y también afirma que al menos seis explicaciones más han sido dadas sobre el significado y la procedencia del nombre Oregón.

Así, según algunos autores, la denominación procedería de la planta del orégano, que crecía en abundancia en esa zona de la costa del Pacífico. Por su parte, el colono y escritor estadounidense Hall J. Kelley, firme defensor del asentamiento de los Estados Unidos del País de Oregón en las décadas de 1820 y 1830, sostenía que el término Oregón provenía del nombre de un río llamado Orjon, situado en Mongolia. William G. Steel, primer presidente del Consejo Geográfico de Oregón, señalaba que Oregón procedía de Oyer-un-gon, una palabra procedente de la lengua de los shoshone cuyo significado es lugar de abundancia. El Obispo Blanchet, de las misiones católicas en Washington y Oregón, defendía que Oregón provenía de la palabra Orejón, por las grandes orejas que los españoles vieron que tenían los indios. El poeta Joaquín Miller afirmaba que el término Oregón provenía de las palabras españolas aura y agua, una referencia poética a las lluvias por las que la costa de Oregón es famosa. La historia popular de Oregón relaciona el término Oregón con Aragón, por el rey Fernando de Aragón, y, por último, también se ha propuesto que el término Oregón podría provenir  de la palabra francesa ouragan, cuyo significado es huracán.

Nosotros, al comenzar esta investigación, nos quedamos muy sorprendidos al descubrir que el apellido de la mujer de Sebastián Vizcaíno, primer explorador hispano en navegar hasta los 43 grados, era Orejón. Conocimos entonces que Magdalena Orejón, mujer de Vizcaíno, era hija de Juan Martínez y de Isabel Yllescas Orejón, de la villa de Torrijos y pueblo de Burujón, en Toledo (España). Magdalena, a su vez, era nieta de Bartolomé Sánchez y bisnieta de Hernán Martínez, y su bisabuelo había obtenido privilegio de caballero hijodalgo del Rey don Juan, con merced de armas; así que todos sus descendientes fueron hijosdalgo y caballeros notorios de la villa de Torrijos, hombres y mujeres nobles. Tuvo doña Magdalena dos hermanos, Francisco y Gabriela, y mientras su hermano llevaba como primer apellido el paterno, Martínez, parece ser que ella prefirió usar el materno, Orejón, ya que así es como aparece en la carta confirmatoria de hidalguía de su hermano Francisco, redactada en la ciudad de México en 1597, que se había presentado como prueba a favor de su hermano, y cuñado de Sebastián Vizcaíno, ante una demanda que lo había llevado a la cárcel por unas deudas. Dicho documento forma parte de un precioso manuscrito que se puede consultar en la colección digital de la Biblioteca Digital Mundial.[2]

No obstante, aunque nos haya llamado muchísimo la atención la coincidencia entre el apellido de Magdalena y el nombre del territorio de Oregón, descubierto por su marido, a día de hoy no podemos llegar a una conclusión definitiva que nos permita afirmar que el nombre de Oregón provenga del apellido de Magdalena. En primer lugar, porque en ninguna de las Relaciones que se escribió sobre el viaje de Vizcaíno se dice que se denominase entonces así a esos territorios y, en segundo lugar, porque tampoco en los mapas que elaboró el cosmógrafo Enrico Martínez, tras el regreso de los expedicionarios al puerto de Acapulco, se recoge dicha toponimia. Por lo tanto, podríamos concluir que la relación entre el apellido de la mujer de Sebastián Vizcaíno y el nombre del territorio de Oregón es más una interesante casualidad histórica que una causalidad en cuanto al nombre de dicho territorio. Sin embargo, no queremos rechazar por completo la posible relación entre el apellido de la mujer de Vizcaíno y el territorio de Oregón solo por el hecho de no haber encontrado ningún documento de la época en el que aparezca dicha toponimia.

Y es que no podemos olvidar que los mapas, además de tener una interpretación en clave geográfica, para conocer las características de los territorios y la disposición de los continentes, los mares y los océanos, siempre han tenido también una lectura política, ya que muestran la extensión de los dominios y, por consiguiente, la necesidad de defender los derechos territoriales. Como bien decía el geógrafo y cartógrafo flamenco Gerardus Mercator “los mapas son los ojos de la historia”, es decir, son un reflejo de los territorios conocidos y, como tal reflejo, a lo largo de la historia han servido para reafirmar los dominios y el poderío de las diferentes naciones, ya que en ellos se reseñaban las posesiones y se proclamaba su soberanía.

En el caso de América, desde un primer momento fue la Casa de la Contratación la encargada de desarrollar toda la cartografía de los nuevos territorios descubiertos, y ésta en sus orígenes tenía un carácter eminentemente náutico. Los marinos en sus viajes tomaban notas de las mareas, las corrientes, los vientos, elaboraban cartas, derrotas y diarios de navegación; es decir, trataban de reunir todos los datos posibles con los que después elaborar una cartografía detallada de la costa. Se contemplaba así la elaboración de mapas y cartas geográficas como una actividad fundamental para mejorar las expediciones, y toda la información que recogían los navegantes en sus Relaciones y Diarios se hacía llegar a los cartógrafos establecidos en Sevilla, que tenían la misión de verterla en el Padrón Real. Era dicho Padrón una especie de carta náutica universal donde, con el mayor de los sigilos, se anotaban los progresos de los descubrimientos y las rutas de navegación. Se trataba pues de obtener, a través de las diferentes expediciones, una base de datos cartográficos que luego se representaba en dicho Padrón Real, una carta de marear con rumbos y datos de navegación que permitiría a los pilotos encontrar sus destinos, y que se actualizaba de manera continua tras las diferentes expediciones realizadas.

LA CARTOGRAFÍA Y LOS ORÍGENES HISPANOS DE OREGÓN

Ese mapa, que como ya hemos comentado fue hasta 1573 eminentemente náutico, empezó después a incorporar datos del interior de los territorios, reflejando tanto el Nuevo Mundo que estaba revelándose como los cambios en la geografía conocida hasta entonces, por lo que debía conservarse como el secreto mejor guardado. Así, ya desde los primeros años de la presencia hispana en América, el secretismo fue absoluto, y Felipe II, en 1582, incluso ordenó que todos los informes y mapas reunidos sobre las Indias no se publicasen y que el acceso a ellos fuera restringido. Y los mandatos eran claros, no solo para cualquiera que tuviese alguna relación directa con la elaboración y el trazado de mapas, sino también para los navegantes y los pilotos, que de igual modo recibían instrucciones concretas para la custodia de los mapas y las cartas de navegar, y sabían que si sus buques eran abordados o apresados por el enemigo debían destruir o lanzar por la borda cualquier mapa, diario o derrotero que llevasen a bordo. Y es que el secretismo no se limitaba solo a los mapas sino también a cualquier detalle del arte de navegar.

Este deseo de mantener los mapas o cartas geográficas en secreto respondía a cálculos estratégicos, postura que no solo defendió Felipe II, sino que también había sido asumida por los anteriores monarcas, e incluso por los reyes portugueses, que ya desde finales del siglo XV intentaron restringir tanto el acceso a los registros de los derroteros de sus naves como a cualquier otro tipo de plano o carta de navegación. De esta manera, se trataba a los mapas, que se entendían como la representación cartográfica de los dominios, como si fuesen un secreto de estado. Y es que Felipe II ya entendió en su momento que la información era poder, y por ello no permitió la difusión de los conocimientos adquiridos sobre las Indias. Así, como consecuencia de esta política de secretismo, en numerosas ocasiones los documentos y los mapas resultantes de las expediciones eran olvidados en los archivos y bibliotecas que los guardaban. Además, muchos de los mapas que los monarcas fueron recibiendo a lo largo de los años se custodiaban en la biblioteca del Escorial, donde finalmente serían destruidos por el incendio de 1671.

El secretismo gráfico para mapas y documentos cartográficos fue tal que podría llegar a confundirse con cierto oscurantismo. Aunque la Monarquía hispana, mediante la expansión de su imperio en América, llegó a conocer el continente mejor que cualquier otra nación europea, e incluso se escribieron muchas crónicas desde los primeros tiempos de la Conquista, hubo un táctico silencio visual que, como ya hemos visto, tuvo sus orígenes en el criterio de Felipe II de ocultación de cualquier información cartográfica. Este celo en cuanto a la elaboración de mapas fue difícil de revisar, y la tradicional resistencia de la Monarquía hispánica para imprimir este tipo de documentación y divulgar la información cartográfica continuó a lo largo de los años. Asimismo, durante el siglo XVII, las continuas guerras con holandeses, franceses y otras potencias europeas mantuvieron a Felipe III, Felipe IV y Carlos II a la defensiva de modo casi continuo. De esta manera, en relación a las Indias, tanto Felipe III como Felipe IV repitieron e incluso reforzaron las prohibiciones de publicar mapas, y los que se elaboraban tras las expediciones y los descubrimientos eran apartados celosamente del dominio público.

Y es que, si bien para la Monarquía hispánica la cartografía era oficial, y su monopolio era de la Corona, no ocurría lo mismo en otros países como Holanda o Inglaterra, donde la producción de mapas estaba en gran medida en manos de cartógrafos y de editores particulares, lo que generó un mercado cartográfico abierto y la producción de un elevado número de mapas. De esta manera, mientras que editar cartas del Nuevo Mundo llegó a ser una obsesión de las imprentas italianas, francesas, alemanas u holandesas, la Monarquía hispánica se caracterizó por llevar a cabo una política de sigilo por intereses de competencia colonial, lo que explica la falta casi absoluta de edición de cartas marinas, e incluso terrestres, durante varios siglos.

Por fin, dentro de la política reformista de los Borbones, comenzada en tiempos de Felipe V, se trató el tema del desarrollo científico, que incluía la creación de una cartografía moderna y eficaz, para proporcionar conocimientos más precisos sobre los territorios de ultramar. En América esta política también respondía al permanente estado de amenaza por las interferencias de otros imperios, los portugueses en el Sur, los ingleses en el Pacífico y los rusos en Alaska. Así, la competencia y rivalidad de otras potencias europeas exigían a la Monarquía hispánica cada vez más esfuerzos científicos, para la defensa de su Imperio, en cuanto a la modernización de los conocimientos y tecnología navales, incluidas mejoras de la cartografía náutica. Y es así como, a finales del siglo XVIII, la Corona emprendió un ambicioso y costoso proyecto con el fin de actualizar la cartografía de las costas de sus dominios. Organizó entonces el Observatorio Astronómico en Cádiz y formó a los oficiales con los últimos avances cartográficos, además de enviar a América varias expediciones, como la de Alejandro Malaspina, para reconocer toda la costa del océano Pacífico, desde el cabo de Hornos hasta Alaska.

No obstante el desconocimiento que aún hoy en día podemos tener de los mapas elaborados por los cartógrafos hispanos a lo largo de los siglos XVI y XVII, debido como hemos visto anteriormente en gran parte al histórico secretismo cartográfico y, también, a que quizás muchos de ellos se perdieron en el incendio del Escorial de 1671 o a que aún no se han localizado entre la ingente documentación histórica conservada en los archivos, lo que sí parece claro es que el nombre de Oregón nunca se registró en los mapas, ni en los derroteros, ni en las cartas de navegación de los navegantes que conocieron la costa oeste del continente americano y que se han conservado y se continúan estudiando hoy en día.

Tampoco debió llegar nunca a oídos de las autoridades hispanas la denominación de Oregón, ni tras la expedición de Vizcaíno de 1602, relacionado entonces con el apellido de su mujer, ni tampoco tras los siguientes viajes realizados a la costa noroeste del continente americano, ya que estas nunca nombraron de tal manera al territorio descubierto a partir de los 43 grados. De hecho, las maneras oficiales de referirse a la costa noroeste americana a lo largo del tiempo fueron las siguientes:

-Contra-costa del Mar del Sur al Norte, en la expedición de Juan Rodríguez en 1542.

-Costas de las Californias o costas septentrionales del Mar del Sur, en la primera expedición de Vizcaíno en 1596.

-Costa occidental de la Nueva España o costa y puertos de la Mar del Sur, en la segunda expedición de Vizcaíno en 1602.

-La California, cuando el conde de Lacy, teniente general y embajador en las cortes de Suecia y Rusia, escribía desde San Petersburgo en marzo de 1773 sobre las expediciones rusas de los años 1741 y 1764, decía que toda la tierra que se extendía hasta los 75 grados se denominaba así.

-Costas y mares septentrionales de las Californias, en la expedición de Heceta de 1775.

-Costas y mares septentrionales de California o costa del norte de California, en la expedición de Arteaga y de la Bodega de 1779.

-Costa septentrional de California, en las expediciones de 1790.

-Costa septentrional de la Nueve España, fue la denominación que le dio Alejandro Malaspina en su viaje político-científico a la costa noroeste del continente americano.

-Finalmente, en la documentación relativa a dicho territorio hasta la retirada de los hispanos de Nutka se establecía que era la costa noroeste del Pacífico en América del norte.

Tampoco se recogió Oregón como toponimia de aquellos territorios en las Relaciones y Diarios de los navegantes hispanos que conocieron la costa noroeste del continente americano durante los siglos XVI, XVII y XVIII, pero estos sí que anotaron en sus escritos algunos datos tanto sobre la existencia de la planta del orégano en ciertas zonas conocidas en sus navegaciones, como sobre el hecho de que los naturales de dichos territorios agujereasen sus orejas para llevar en ellas grandes pendientes. Así, en la expedición realizada en 1774, a Juan Pérez Hernández le llamó la atención que en la Rada de San Lorenzo, en 49 grados y 30 minutos, las mujeres nativas, y también algunos hombres, usasen zarcillos hechos de hueso y cargados en las orejas. Y un poco más al sur, en 44 grados y 55 minutos, fray Tomás de la Peña y Saravia, religioso que formaba parte de la misma expedición, escribió en su Diario que en la costa había mucho zacate (del náhuatl zacatl: hierba, pasto, forraje). Aunque no sería hasta un año después, en 1775, cuando Bruno de Heceta anotase noticias concretas sobre la existencia de la planta del orégano en las tierras de la costa noroeste del continente americano, concretamente en el puerto de la Trinidad, en 41 grados y 7 minutos. También entonces el religioso fray Miguel de la Campa, que viajaba con la expedición de Heceta, registró en su Diario que la tierra estaba llena de pastos y muchas hierbas y flores, entre ellas el orégano. Por su parte, el segundo piloto de la goleta, Francisco Antonio Maurelle, recogió en su Diario que estos nativos en los párpados de las orejas llevaban dos tornillos semejantes a los de la culata de un fusil, y que las mujeres usaban en las orejas los mismos tornillos de hueso que se ponían los hombres; y también durante esa misma expedición recogió Maurelle que la tierra estaba inundada de hierbas silvestres, como los prados europeos, con un verde y olor que hacía agradable la vista y olfato, entre las cuales se veía orégano. Más al norte, en la Rada Bucareli, en 47 grados y 24 minutos, anotó fray Miguel en su Diario que las mujeres se agujereaban las narices y en ellas se ponían un anillo, y también que los hombres se hacían muchos agujeros en las orejas y de ellos colgaban muchas conchas pequeñas de varios colores.

En cuanto al río del Oeste, del que habla John B. Horner en su libro sobre Oregón,[3] no recogieron los cartógrafos hispanos su existencia. Pero sí debieron tener noticias de un mapa elaborado en 1722 por el cartógrafo francés Guillaume Delisle, titulado Carte d´Amerique,[4] en el que aparece la entrada descubierta por Martín de Aguilar, que se sitúa en altura de 45 grados sobre el cabo Blanco de San Sebastián, y en el interior, hacia el este, Delisle localizaba un río que se extendía hacia el oeste y al que nombró como Grande Reviere Coulant a l´Oueste (Gran río que corre hacia el oeste), siendo esta quizás la primera referencia cartográfica al legendario río del oeste).

También tuvieron noticias las autoridades hispanas de un mapa elaborado en la Academia de las Ciencias de San Petersburgo, en 1754, por el historiador y etnólogo alemán G.F. Müller, titulado Nouvelle carte des découvertes faites par des vaisseaux russiens aux côtes inconnues de l’Amérique septentrionale avec les pais adiacente,[5] en el que aparece un río llamado del Oeste (con toponimia en francés, R. de L´Ouest), que asimismo se corresponde con el que desemboca en la bahía a la que llegó Martín de Aguilar en 1603, con cabecera cerca de L. Winipique (lago Winnipeg);[6] así como del mapa de América del Norte titulado Carte de l’Amérique Septentrionale,[7] que elaboró el geógrafo y cartógrafo francés Jacques Nicolas Bellin en 1755, y también del Mapa simplificado del Océano Septentrional,[8] que Bellin elaboró en 1766, a partir de los descubrimientos hechos por los rusos, en el que vuelve a aparecer el río del Oeste (R. de l´Oueste) junto a la entrada que descubrió Martín de Aguilar en 1603.

Así, ni en los mapas levantados por cartógrafos hispanos, ni en los que se elaboraron en Francia y en Rusia en el siglo XVIII aparece el nombre de Oregón, y el que se anota en la cartografía de esa época es el del río del Oeste, que desemboca en la bahía que Martín de Aguilar descubrió en 1603 (Coos Bay).

Cuando el explorador norteamericano Jonathan Carver publicó en 1778 en Londres el mapa titulado A Plan of Captain Carver´s Travel in the Interior Part of North America in 1766 and 1767,[9] localizó el nacimiento o cabezas del Origan en 47 grados. Sin embargo, en otro de los mapas resultantes de estos mismos viajes, en los que Carver trataba de encontrar el Paso del Noroeste o Estrecho de Anian, titulado New Map of North America,[10] no recogió este el nombre de Origan, sino que al mismo río, cuyo nacimiento sitúa en Pikes Lakes, le llamó en este ocasión el río del Oeste y a su desembocadura, la descubierta por Aguilar, y la situó algo por debajo de la latitud de 44 grados. Carver, que estudió topografía y técnicas de cartografía durante la guerra franco-india (1754-1763), había sido contratado por el también norteamericano Mayor Robert Rogers, organizador de los Rogers’ Rangers, para realizar esa expedición y tratar de encontrar una vía fluvial al oeste hasta el océano Pacífico. Así que, el hecho de que en sus mapas aparezca el término Origan asociado a un río se debe a que fue R. Rogers el primer norteamericano en anotar el nombre de Oregón en 1765, al solicitar licencia y financiación para buscar el ansiado Paso del Noroeste desde los Grandes Lagos hacia el nacimiento del Mississippi, y desde allí hasta un río que los indios llamaban Ouragon. Unos años después, en 1772, volvió a hacer una petición, pero en esa ocasión usó el término Ourigan. Parece ser que sus conocimientos geográficos derivaban de los viajes realizados de 1769 a 1772 por el explorador y comerciante inglés Samuel Hearne en el noroeste del continente, buscando también el Paso del Noroeste y, sobre todo, las minas que habían descrito algunos indios.

Por su parte, el escocés Alexander Mackenzie, intentando encontrar también el Paso del Noroeste, exploró por primera vez en 1793 las partes altas del río Tacoutche Tessé o río Salmón, pensando que era el río Columbia, cuando en realidad se trataba del río de Frasser. En el mapa titulado A Map of America Between Latitudes 40 and 70 North and Longitudes 45 and 180 West Exhibiting Mackenzie’s Track from Montreal to Fort Chipewyan & From Thence to the North Sea in 1789 & to the West Pacific Ocean in 1793,[11] que se elaboró en 1801 tras su viaje, Mackenzie llamó a este río el río Columbia.

Es en un mapa del cartógrafo inglés Aaron Arrowsmith, titulado Map Exhibiting All the New Discoveries in the Interior Parts of North America,[12] fechado el 1 de enero de 1795, donde aparece por primera vez la palabra Oregan. Este mapa se publicó en diferentes años con añadidos o ampliaciones, así, en el que se publicó en 1802 el autor anota el nombre del río Oregan entre los 43 y los 44 grados de latitud, junto a la desembocadura que descubrió Martín de Aguilar, entre el cabo Mezari y Saddle Hill, mientras que en el publicado en 1811 aparece el río Columbia en el mismo lugar donde anteriormente había localizado el río Oregan,  es decir, también entre el cabo Mezari y Saddle Hill.[13]

Y es que la cartografía de Arrowsmith claramente estaba plagada de errores, entre muchos otros el de confundir el río Oregón en el norte con el río Colorado en el oeste. Su singular error, según el naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt en su Ensayo Político sobre la Nueva España,[14] publicado en 1827, fue el resultado de una mala interpretación o torpeza, ya que él confundió la palabra española “origen”, que significa manantial, principio o raíz de una cosa, con la palabra india “origan”. Humboldt había conseguido en 1800 que las celosas autoridades españolas, que no habían permitido entrar durante casi tres siglos a ningún extranjero en sus dominios, le permitiesen realizar una serie de viajes y estudios. Determinó el ilustrado explorador que Arrowsmith para elaborar su mapa se había basado en un mapa de la Nueva España, que había publicado el científico novohispano José Antonio de Alzate y Ramírez, en el que en el cruce del río Gila y el río Colorado aparecían las palabras en español “Río Colorado, o del Norte, cuyo origen se ignora”. Podemos consultar dicho mapa de Alzate, fechado en 1767, y en él las palabras que supuestamente dieron origen al error de Arrowsmith, en el Nuevo Mapa Geographico de la América Septentrional, perteneciente al virreinato de México,[15] fechado en 1768 y dedicado a los sabios miembros de la Academia Real de las Ciencias de París, en los fondos digitalizados de la Biblioteca Nacional de Francia. Igualmente podemos observar las palabras que dieron lugar al error de Arrowsmith en un mapa titulado Mapa de la Nueva España,[16] que se encuentra en el Museo Naval de Madrid, y, finalmente, también aparecen esas mismas palabras en otro mapa, fechado en 1772, titulado Plano de las Provincias de Ostimuri, Sinaloa, Sonora y demás circunvecinas y parte de California,[17] que se encuentra en la Biblioteca Digital Mexicana.

Así, parece que Arrowsmith confundió el río Tacoutche Tesse, descubierto por Alexander MacKenzie y que debía ser el mismo que aparecía en la petición de R. Rogers y en el mapa de Carvers, con el río Colorado o del Norte, como consecuencia de un error en la lectura del mapa de José Antonio de Alzate. Y, a su vez, Mackenzie también se habría equivocado, porque él creía que el Tacoutche Tesse era el verdadero río Columbia, cuando el río que él había descubierto era el Frasser, un río de curso muy limitado que tiene su embocadura en el Canal de Georgia.

LA INFLUENCIA DE LEWIS Y CLARK EN LA HISTORIA DE OREGÓN

No sería hasta la expedición de Meriwether Lewis y William Clarke cuando los estadounidenses llegasen por primera vez al Pacífico por tierra, comenzando así la carrera hacia el Oeste. El viaje descubridor de Lewis y Clarke contó con el apoyo del propio presidente Thomas Jefferson que, convencido de la expansión hacia el occidente tras la compra en 1803 de la Luisiana (que había sido cedida por España a Napoleón en 1800 con la promesa de que no se la entregaría a ningún otro país, y que fue vendida por este debido a las necesidades económicas que tenía para continuar con sus acciones militares en Europa) y buscando una ruta que uniera el ya extenso territorio estadounidense con la costa del Pacífico, auspició dicha expedición con instrucciones bien claras: su misión era explorar el río Missouri y aquellos de sus principales afluentes que pudiesen llegar a comunicarse con las aguas del océano Pacífico, fuese el Columbia, Oregón, Colorado o cualquier otro río que pudiera ofrecer la comunicación fluvial más directa y factible a través del continente con el propósito de practicar el comercio. Los expedicionarios, que utilizaron tanto el mapa elaborado por Arrowsmith en 1802 como la información ofrecida por Humboldt, que asistió a la preparación del viaje de Lewis y Clarke, remontaron el río Missouri y después bajaron por los ríos Snake y Columbia hasta la costa del territorio de Oregón. Cuando llegaron al cabo Desilusión (Cape Disappointment), en la desembocadura del río Columbia, en el gran Mar del Sur u Océano Pacífico, Clarke anotó en su Diario: “Océano a la vista. Oh, qué alegría”.[18] Durante dicho viaje, que duró varios años, desde 1804 hasta 1806, los expedicionarios entablaron negociaciones con diferentes tribus indígenas, que en la mayoría de los casos les recibieron de manera cordial e incluso les prestaron su ayuda en los duros inviernos que pasaron durante la larga travesía, y a las que les decían que iban en nombre de los Estados Unidos para tomar posesión de sus tierras, cuando de hecho gran parte de su recorrido lo realizaron por territorio perteneciente al virreinato de la Nueva España y a la provincia de la Alta California, ya que España no cedería todos esos territorios (los actuales estados de Oregón, Idaho, Montana y Washington) hasta 1819. Uno de los resultados de esta expedición fue el acopio de importante información sobre todo el territorio que recorrieron durante el viaje, así como de la gente que vivía en ellos, sus ríos, sus montañas y su flora y fauna. Además, dio lugar al famoso Map of Lewis and Clark’s Track, Across the Western Portion of North America from the Mississippi to the Pacific Ocean, by Order of the Executive of the United States in 1804, [19] que se puede consultar en la página de la Biblioteca del Congreso, en el que se sitúa el río Columbia junto al cabo Desilusión. Fue a partir del viaje de estos exploradores cuando realmente se empezó a elaborar una cartografía mucho más precisa del noroeste del continente americano, mapas que abrieron la puerta a una avalancha de colonos, comerciantes y cazadores estadounidenses que desplazaron, marginaron e infectaron con sus enfermedades, o directamente mataron, a las tribus de Sioux, Hidatsa y Shosone que habían permitido con su ayuda el éxito de la empresa de Lewis y Clark.

Tanto de esta expedición de Lewis y Clark, por el curso del río Missouri, como de las que realizó el también estadounidense Zebulón Montgomery Pike (1806-1807) por las tierras del norte de la Nueva España, desde San Louis hasta el Arkansas y hasta las Rocosas, tuvieron noticias los entonces virreyes de la Nueva España, Félix Berenguer de Marquina y José de Iturrigaray Aróstegui, por medio del marqués de Casa Calvo, embajador de España en Filadelfia, entendiendo ambos virreyes que ni se les había informado, ni se les habían pedido los permisos necesarios para que los exploradores pudiesen cruzar los territorios de su virreinato, por lo que consideraron que estas expediciones estadounidenses estaban invadiendo el territorio de la Nueva España, y emitieron órdenes dirigidas a los diferentes gobernadores para que enviasen destacamentos en su búsqueda y les interceptasen. Y aunque las primeras patrullas no consiguieron encontrar a Lewis y a Clarke, las que fueron enviadas con posterioridad para arrestar a Pike sí consiguieron localizarle e incluso detenerle.[20]

Unos años después de la expedición de Lewis y Clarke, en 1817, otro estadounidense, el poeta y periodista William Cullen Bryant, escribiría en las líneas 53 y 54 de su poema juvenil Thanatopsis “where rolls the Oregon and hears no sound”,[21] (donde pasa el Oregón y ningún sonido se oye), refiriéndose al río Columbia. Fue con este poema con el que su autor alcanzó la fama literaria, y también el que le convirtió en uno de los poetas más famoso de su siglo.

OBSERVACIONES FINALES ACERCA DE LOS ORÍGENES HISPANOS DE OREGÓN

En todo caso, fueron tantas las confusiones en los mapas elaborados a finales del siglo XVIII y principios del XIX, que en 1820 el botánico inglés Thomas Nuttall, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, publicó la obra Nuttall´s Journal,[22] donde recogía las observaciones que había hecho durante un viaje que realizó en 1819 por el territorio de Arkansas y apuntó que en los mapas de América del Norte de veinte años antes había grandes inexactitudes, como por ejemplo el hecho de suponer que las aguas del oeste, casi desde los nacimientos del Mississippi y del San Lorenzo, debían estar recogidas por un fabuloso Oregan o río del Oeste, una corriente de gran extensión, que ningún europeo había visto, cuya existencia dependía de rumores indios, y que, después de cruzar alrededor de la mitad del continente, se suponía que desembocaba en el Pacífico en algún lugar sobre la latitud 43. De hecho, tal y como hemos podido comprobar a lo largo de esta investigación, en los mapas de principios del siglo XIX al situar el río que debería ser el Columbia en latitud de 46 grados en numerosas ocasiones lo confunden con el que desemboca en el Pacífico sobre la latitud 43, es decir, el que descubrió Martín de Aguilar en 1603, y que aparece en los mapas franceses y rusos de la segunda mitad del siglo XVIII como río del Oeste.

Por último, en 1822, cuando el congresista por Virginia John Floyd participó en la creación del territorio de Oregón lo llamó Wauaregan, que en las lenguas nativas algonquinas significa hermosas aguas. Quizás podría tratarse de la palabra india que Robert Rogers había oído e incluido en su petición de 1765, ya que las lenguas algonquinas conforman la mayor subfamilia de la familia álgica de los nativos norteamericanos, extendiéndose completamente desde la costa este de Norteamérica hasta Alberta en Canadá y Coahuila en México.

Para terminar este capítulo, sobre el origen del nombre de Oregón, trataremos también la posibilidad de que dicho término se relacione con los aragoneses y su rey Fernando de Aragón, tal y como parece ser que recoge la historia popular. En primer lugar, hemos de recordar que este murió en 1516, por lo que aún quedaban muchos años para que los exploradores hispanos llegasen en su navegación hasta esas latitudes. Y, en segundo lugar, no debemos olvidar que en la península ibérica, tras la firma del Tratado de Almizra en 1244, se establecieron las fronteras o límites territoriales con el Reino de Castilla, lo que convirtió al mar Mediterráneo en la vía natural de expansión de los aragoneses. Así, dicha expansión comercial y territorial de la Corona aragonesa, es decir, su ámbito de actuación desde finales del siglo XIII hasta finales del XV, fue por el Mediterráneo, donde la Corona de Aragón fue incorporando una serie de importantes territorios, hasta que finalmente se produjo la toma de Constantinopla por los turcos en 1543, comenzando entonces la decadencia comercial general en el Mediterráneo para dar paso al auge de las rutas comerciales del mar del norte y, a partir de los nuevos descubrimientos geográficos en América, también las nuevas rutas atlánticas. Pero, aunque la expansión aragonesa se realizase hacia el oriente, la presencia de los aragoneses en América ha sido siempre un tema muy debatido por los historiadores, ya que desde los primeros momentos la Corona castellana intentó establecer un férreo control sobre todo lo relativo al Nuevo Mundo; de hecho, la controversia en torno a si los aragoneses podían participar y beneficiarse de los descubrimientos en igualdad con los castellanos es muy antigua, remontándose, tal y como nos recuerda el historiador Esteban Mira Caballos en su estudio titulado Los prohibidos en la emigración a América,[23] a los primeros años del período colonial y llegando la discusión historiográfica incluso a nuestros días. Nosotros no vamos a profundizar aquí sobre este debatido asunto, pero sí apuntaremos para concluir que en la documentación conservada en los Archivos históricos relativa a la presencia de los españoles en América, a estos no se les llama aragoneses, sino que generalmente se utilizaba el término de castellanos, y también el de cristianos, e incluso, como hemos podido observar a lo largo de esta investigación, los nativos de las diferentes zonas a las que llegaban les denominaban de diferentes maneras, como Guacamal en la zona de San Diego y Taquimines en la bahía de los Fuegos, pero nunca aragoneses.

No obstante, no queremos finalizar este capítulo de nuestra aproximación histórica a la presencia de los hispanos en el estado de Oregón, así como a los viajes de exploración que estos realizaron por la costa noroeste del continente americano, sin señalar que sí hubo una entrada llamada de Aragón en dicha costa, ya que este fue el nombre con el que en 1791 la expedición de Alejandro Malaspina bautizó a la entrada junto al puerto que Jean-François Galaup, conde de La Pérouse, había llamado en 1786 puerto de los franceses (actual bahía Lituya o bahía de los Glaciares), situado en 58 grados y 38 minutos, y que podemos observar en el mapa titulado Carta Esférica de los reconocimientos hechos en la costa N.O. de América entre los paralelos de 57 grados y 60 grados 30 minutos de latitud N. por las corbetas Descubierta y Atrevida de la Marina Real, que se encuentra en los fondos digitalizados del Instituto Geográfico Nacional, y es que durante ese viaje los expedicionarios proporcionaron a diferentes entradas y bahías de esas latitudes nombres de territorios españoles, como entrada de Rioja, entrada de Granada, la dicha entrada de Aragón y la entrada de Castilla.

FIGURA 14. Carta Esférica De los Reconocimientos Hechos en la Costa N.O. de América entre los Paralelos de 57° y 60° 30′ de Latitud N. por las Corvetas Descubierta y Atrevida de la Marina Real, Expedición Malaspina, 1791.[24]


  1. Horner, John B. Oregon: Her History, Her Great Men, Her Literature, edit. The J.K. Gill Co., Portland, 1921.
  2. https://www.wdl.org/es/item/517/.
  3. Horner, Ob. Cit.
  4. https://www.raremaps.com/gallery/detail/36464/carte-damerique-1722-de-lisle.
  5. https://www.wdl.org/es/item/16795/view/1/1/.
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Los orígenes hispanos de Oregón Copyright © 2022 por Olga Gutiérrez Rodríguez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional, excepto cuando se especifiquen otros términos.

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